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Muchos de mis
conocidos, en particular aquellos que me son más próximos y más
queridos, saben que yo participé en el diseño y arquitectura del
Gran Colisionador de Hadrones, que protagonizó las portadas de
periódicos y noticiarios el pasado otoño. Estas personas saben que,
debido a lo particular de este desempeño, no podía revelar los
detalles ni aclarar al público los pormenores que hacían de este
aparato de gigantescas proporciones no sólo una promesa para la
Ciencia, sino también un verdadero fiasco para la Humanidad. No
obstante, hace ya años que trabajé en el LHC y mi contrato de
confidencialidad terminó, así que no veo por qué razón, siendo yo
padre e ingeniero del aparato, no debería dilucidar algunos aspectos
tenebrosos de un instrumento que prometía una revolución
tecnológica. Si algo nos distingue a los científicos de otros
profesionales es que nosotros no patentamos nuestras ideas, al
menos no las que han fracasado. Y eso que con el LHC persistimos en
el error con una tenacidad inconcebible. Por poner un ejemplo:
se rumoreó en varios foros científicos que el día de la
puesta en funcionamiento del LHC cabía la posibilidad, remotísima,
de que el universo se destruyera. Ahora no puedo detenerme
a explicar
cómo una sencilla partícula que revolotea en el espacio-tiempo
puede aniquilar toda la estructura del cosmos; aún así puedo
confirmar que, en efecto, esta posibilidad existía y no era tan
remota como algún matemático iluminado se imaginaba. De hecho, lo
más improbable era que el universo se salvara. Pero no adelantemos
acontecimientos.
Comenzaré con el boceto inicial del Gran Acelerador que fue presentado al CERN en el concurso que se convocó para nuevos proyectos.

Tengo que decir que, a pesar de lo parco del diseño, fue muy bien recibido tanto por el director del CERN como por mis colegas de la comunidad científica, y en consecuencia se me encomendó inmediatamente la jefatura del proyecto; en fin, que el cacharro llegara a construirse. Hice una pequeña fiesta en mi apartamento en Ginebra y me olvidé un poco del asunto. Los científicos andamos siempre muy ocupados y no tenemos tiempo para fiestas ni para hacer el oso, puesto que no son cosas muy científicas, así que no viene mal de vez en cuando acordarnos de que tenemos que ponernos contentos o tristes.
Una vez bocetado el prototipo, sólo nos quedaba saber para qué diablos utilizaríamos el Gran Colisionador de Hadrones. Eso de lanzar átomos unos contra otros había sido divertido en el pasado, pero hoy en día, con las conquistas de los derechos civiles, la inteligencia colectiva y la globalización es bastante difícil encontrar materia alguna dispuesta a ser despanzurrada a la velocidad de la luz. Mis consejeros y ayudantes estuvieron realizando infinitas investigaciones de campo en lugares tan dispares como Sri Lanka, la isla de Santorini, la Costa Azul, Eritrea, en búsqueda de átomos con voluntad de ser desintegrados y reconvertidos en otra forma de materia. No os preocupéis demasiado si no os enteráis de qué va esto, confieso que al principio yo tampoco lo entendía muy bien.
El desánimo estaba a punto de hacernos abandonar el proyecto cuando ocurrió algo inesperado. Una tarde de otoño se presentó en el CERN un átomo de plomo. Creedme, que he visto miles de átomos de plomo desesperados, mas éste… Éste tenía un brillo suicida en los ojos, como suele decirse. Poseía una mirada dura, metálica, un tanto primitiva; escudriñaba el laboratorio con una fiereza propia de héroes romanos. Lo primero que dijo nada más llegar a mi despacho fue «soy el átomo que buscan», y a pesar de que tuve ganas de reír ante tan flemática y televisiva afirmación, me contuve y escuché: total, no se trataba más que de un átomo que pretendía ser desintegrado, así que no sé a qué venían esos aspavientos. Tomé una foto de la partícula para dejar constancia de su valentía y arrojo y porque además me parecía muy graciosa. A pesar de que mis colegas estaban entusiasmados tras conocer al voluntario, yo sospechaba que aun así el experimento acabaría en fracaso.
Veréis, el objeto de todo el asunto del LHC era comprobar si en la esencia más íntima de la materia se podía encontrar a Dios. No, no me malinterpretéis, es que hay una partícula que se llama la «partícula de Dios», el bosón de Higgs, la cual, según me dijo mi abuela, es el origen de toda la materia, incluidos nosotros, el turrón, una flauta e incluso los dictadores. Según esto, hay dioses en todo. Sé que esto ya lo dijo alguien muy viejo (muy viejo si viviera ahora, en su día sería joven) pero ahora no me acuerdo de quién. Lo cierto es que tiene narices la cosa, un tipo muy viejo dice algo y se monta el armatoste del LHC para demostrar que tenía razón. A veces no hay quien entienda a los científicos. Yo le pregunté a mi abuela si el tal Higgs era Dios, y ella me respondió que no, que Higgs era un señor con el pelo cano y algo calvo y que llevaba corbata y andaba a pasos muy cortitos. Le pregunté que si Higgs no era Dios, ¿por qué llamaba a su bosón «partícula de Dios»?, y que si Dios se enteraba, ¿no se enfadaría con Higgs? Mi abuela me sonrió ante aquellas reflexiones, no dijo nada y me puso a merendar. Las más de las veces no presto mucha atención a las teorías físicas mi abuela pero parecía que en el asunto del bosón sabía más de lo que decía, y por más que la interrogaba, no soltaba prenda. Así que decidí no preguntar más y seguí con la merienda y el experimento.

Aceleramos el átomo de plomo una mañana de un frío noviembre. El problema es que, mientras yo supervisaba la aceleración y la partícula alcanzaba la velocidad de la luz, me entraron unas ganas terribles de hacer pis, así que salí un momentito al cuarto de baño. Es un problema que tengo desde pequeñito. Cuando volví, mis becarios estaban frenéticos. Pregunté que qué demonios había pasado, que si se había encontrado al tal Dios o qué y me dijeron que no, que ni Dios, ni Demonio, ni señor Higgs; que el átomo no se había estrellado ni desintegrado. Me dio un poco de rabia y me entraron ganas de llorar, pero con todos los becarios allí estudiándome con cara de pasa me contuve. Decidí entonces hablar con el átomo y cuando abrimos la cápsula donde lo habíamos acelerado resultó que parecía muy envejecido. Se movía muy lentamente, como si las extremidades le pesaran una tonelada, se quedaba en blanco cuando hablaba y mascullaba reproches e improperios hacia los que le ayudábamos. El experimento le había vuelto un cascarrabias y yo no tenía ganas de tratar con él. Mis colegas me instaron a tener mejor humor, porque si no, decían, me volvería yo también un cascarrabias, así que al final le hice una serie de preguntas para ver si se encontraba bien y que me dejaran en paz. En principio así parecía, por lo que entendí que lo que había ocurrido es que los dos o tres minutos que había estado viajando a la velocidad de la luz, a la espera de ser espachurrado en un magma cuántico, le habían añadido a su edad real varias decenas de años. Pero claro eso ya lo sabíamos todos, así que no nos aportó nada nuevo. Recordé entonces unos apuntes que me pasaron en la facultad de físicas en los cuales se decía que el tiempo se estiraba como un chicle cuando uno viajaba lo más cerca posible de la velocidad de la luz. Algo no encajaba, entonces. Porque según esa teoría o, al menos, esos apuntes, el átomo debería ser el joven y nosotros los viejos. ¿Qué había ocurrido? Me fui a tomar un café con mi amiga María, que trabajaba conmigo en el CERN —pero no había nada entre nosotros, no vayáis a pensar que María y yo... —, y estuvimos hablando de ese asunto y de la niña de María, que había cogido una gripe desde que se fueron el fin de semana a visitar las montañas. La cosa es que hasta ese momento yo había sospechado que no es que hubiera ya un tiempo, el que se cuenta en segundos en plan tres, dos, uno, cero; vamos, el que se utiliza para cronometrar a los ciclistas en el velódromo o la cantidad de huevos que puede comerse uno en un minuto si le da por participar en un concurso de comer huevos; sino que había dos tiempos, dos tipos de tiempo, dos dimensiones temporales, si así lo preferís, y mi sospechas se convirtió en la certeza de que que acabábamos de descubrir una de esas dimensiones. En una segunda entrevista, el átomo me explicó lo de su mareo cuántico. Nuestro héroe romano había estado girando en el sentido de las agujas del reloj, con lo cual pensé que el tiempo había sido más rápido que el nuestro, pero eso no era lógico si solo existía un tiempo. Así que tenía que haber dos, esa fue mi conclusión. Bueno, yo me explico. La cosa es que nos hicimos esta cuestión: ¿Qué pasaría entonces si lo acelerábamos en sentido contrario? Le preguntamos al átomo si quería ser un héroe y volver a ser acelerado, pero esta vez marcha atrás o desacelerado, con la esperanza de que rejuveneciera y él contestó que sí, que no le importaba, que tenía una cita esa tarde pero que no le importaba cancelarla, así que la canceló, le dimos un reloj con dos dígitos y fecha, y lo aceleramos en sentido contrario. El resultado fue alentador y desalentador a un mismo tiempo. Quiero decir, a dos tiempos, el suyo y el nuestro. Desalentador porque el átomo no rejuveneció, como creímos que ocurriría. De hecho, el reloj siguió marcando la misma hora con la que lo habíamos lanzado, y eso que le dejamos dando vueltas mientras nos íbamos a almorzar. Alguien apuntó que el solo resultado de este descubrimiento, que el tiempo es elástico pero lineal, y que no se puede volver hacia atrás en el tiempo, nos haría merecedores del Premio Nóbel de Física, pero alguien afirmó que eso ya lo sabíamos desde el principio y que el Nóbel no se lo dan a cualquiera que se dedique a demostrar obviedades así. Todos asentimos y decidimos no mandar el resultado a Science ni celebrar fiesta alguna.

Sin embargo, este descubrimiento —dar marcha atrás a un átomo de plomo para que no envejeciera —iluminó las ideas de un amigo del director del CERN, que se dedicaba a comprar ideas y luego venderlas, y claro, nos pidió que continuáramos investigando, aunque nosotros ya estábamos muy cansados. Se apostó a que no éramos capaces de crear un acelerador de partículas del tamaño de un reloj de pulsera, y yo, que soy muy picajoso con estas cosas le dije que sí que podíamos, él que no, yo que sí, en fin, así hasta que mis testarudos compañeros decidieron ponerse manos a las obra y al poco tiempo logramos reducir todo el aparataje al tamaño de un reloj de calculadora. La verdad, no sé por qué no empezamos por ahí, seguramente nos habríamos ahorrado muchos viajes en el autobús yendo y viniendo al CERN, que, por si alguien no lo sabe, no está precisamente cerca del centro de Ginebra. Pronto el CERN vendió la idea a una empresa, más que nada porque andábamos escasos de presupuesto para otros proyectos. Tampoco voy a explicar cómo de una idea tan estúpida un tipejo suizo se hizo de oro, además tampoco lo sé, porque desde que se vendió la idea no hemos vuelto a trabajar en el acelerador. Sí en otras cosas, pero bueno, se echa de menos. Adopté al átomo como mascota, aunque a él no le gusta que le llame así.
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Hombre, que ahora se me culpe a mí de todos los problemas que creó el reloj, particularmente a mí, que solo soy un empresario que comercializó un producto, que satisfizo una demanda, y no una demanda cualquiera, sino una demanda milenaria, no me parece de recibo, la verdad. Es decir, que yo no le puse una pistola en la cabeza a cada uno de los posibles compradores para que adquirieran uno de los malditos relojes. Además, qué carajo, si hasta les ofrecía un curso para que aprendieran a utilizar el aparato. No me guié por la máxima del máximo beneficio, ¿sabe? y eso que podría haber explotado el asunto de los relojes hasta... Hasta... No sé, no quiero ni pensarlo. Me negué a venderlo para uso militar. Un general ruso me puso aquí mismito un cheque en blanco para que le cediera todos los derechos de explotación del reloj. Y no vendí. Y ese tipo sí llevaba una pistola. Mire, yo no quería pasar a la historia (si es que eso ahora tiene algún sentido) como el tipo que le vendió el arma definitiva a los rusos. A mí me preocupa la gente. ¡Tal vez ahora no tanto, visto lo visto!
Le explico: el reloj no era tan complicadito de utilizar. Era un reloj de diseño ordinario, algo más grande que los que pueda encontrar por aquí. Reconozco que no estaba demasiado à la mode, pero eso no importaba porque su precio era sustancialmente más alto que el de cualquier peluco que pueda encontrar en las relojerías de lujo de Ginebra, lo cual, aquí, ya es signo de prestigio. Perdone por lo de peluco. Comprenderá que un reloj que posee nada menos que un acelerador de partículas en su interior, deja a cualquier otro artefacto para medir la hora a la altura del betún. Como le digo, era muy fácil de utilizar. Tenía las mismas manillas que un reloj tradicional, una posición para ajustar la hora y una correa para fijarla a la muñeca. La única diferencia era que una de las manillas permitía una nueva posición que conectaba el acelerador de partículas y lo ponía en funcionamiento. Sí, sí, bueno, no puedo detenerme en los detalles técnicos, luego llamo a un ingeniero para que se lo explique. Bien, pues girando en un sentido (en el de las agujas), el acelerador aceleraba en igual proporción y hacía lo mismo con las partículas del sujeto que llevara el reloj. A eso lo llamamos el Fast Forward, y en ocasiones era muy útil, porque bastaba adelantar el reloj una hora e inmediatamente había pasado una hora para el sujeto que lo llevara. Utilísimo para esperar turnos o resultados de lotería. Lo que pasaba con el cuerpo del acelerado (lo llamo así para que me entienda) es que desaparecía mientras estaba en aceleración. ¿A otra dimensión? ¿A otro universo? Yo que sé. El tipo se esfumaba y luego reaparecía en el mismo lugar, solo que una, dos o las horas que hubiera movido las agujas. A veces la gente se llevaba unos sustos increíbles en la parada del autobús. La otra forma de utilizar el aparato fue aquel que el departamento de márketing llamó Pause-Still. No me negará que los carteles de la campaña de publicidad no fueron un lujo de creatividad. Entre nosotros llamábamos al reloj «el mando a distancia de la vida real», aunque como brand es demasiado largo. En este último modo, el acelerador aceleraba al revés, es decir, que las partículas iban en sentido contrario, con lo cual el tiempo del usuario quedaba prácticamente detenido. En este caso, no desaparecía el cuerpo, al menos no es lo que se puede comprobar si uno coloca una cámara slow-motion en la puerta de las Naciones Unidas o alguna entidad financiera: lo que a simple vista parecen ráfagas de aire no son sino usuarios de nuestro reloj con el tiempo lentificado, corriendo de un lado para otro. En la película se les puede ver perfectamente.
El problema, y es aquí donde la compañía y yo mismo nos eximimos de toda responsabilidad, es que lo que pretendía ser un instrumento para el trabajador ocupado —y así lo definía nuestra propuesta de márketing —se convirtió rápidamente en un juguete para los usuarios. De hecho, se popularizó tanto que dejó de ser un artículo de lujo para convertirse en una especie de videojuego en la realidad. Como despertador no tenía precio: basta parar el tiempo por la mañana y poder rezongar todo lo que uno quisiera en la cama hasta que le viniera en gana ir a trabajar. ¿Recuerda el escándalo del ajedrecista Boris Kristofz en el Wijk aan Zee? Nadie en la última década había conseguido una puntuación tan alta como Kristofz en partidas rápidas, Karpov se preguntaba cómo era Kristofz capaz de recordar variantes tan complejas de la defensa Siciliana con tan escaso tiempo. El ELO del ajedrecista había subido varios centenares de puntos en los últimos meses y nadie se explicaba por qué. Después se descubrió que el equipo de Boris se había conseguido hacer con uno de los relojes, que lo introdujo en sus entrenamientos y partidas oficiales y en el mismo torneo y que detenía el tiempo cada vez que Boris no sabía muy bien qué hacer ante un peón doblado. ¿Que nosotros fabricamos tramposos? ¿Y el dinero del torneo quién se lo llevó? ¿Y los días, o incluso años que dedicó Boris a estudiar variantes después de que Shírov moviera 11. ... Da5 en la partida del viernes? ¿Eso no cuenta para la ciencia del ajedrez?
El ajedrez no es el problema, a fin de cuentas, no es más que un juego. El problema es que en vez de utilizarlo para fines éticos o humanitarios, la gente se volvió muy egoísta. La leyenda urbana del niño que le robaba el reloj a su padre y aceleraba el tiempo hasta el día de Navidad para recibir los juguetes, y cuando volvía de su viaje intertemporal resultaba que sus padres se habían vuelto locos buscándole por medio mundo porque había desaparecido, es solo un caso de tantos. O más preocupante aún, el de las parejas con problemas. Los inexpertos en artes amatorias que veían cómo sus parejas les repelían en la cama ahora condensaban el tiempo para que los pocos orgasmos que tuvieran fueran infinitos, hasta llegar a convertir el sexo en una tortura para sus compañeros. La gente es muy arrogante, oiga. La gente se cansó hasta de hacer el amor. Cada día desaparece gente que quiere evadir impuestos, huir de asesinatos, recorrer el mundo: ni siquiera yo puedo saber si ayer mismo usted era un bebé y sus padres le enviaron a estudiar periodismo con otros "detenidos". Puede que el alcalde esté ahora mismo espiando, a toda velocidad, lo que hace su esposa y en función de lo que descubra, así aprobará unas leyes u otras. Y es posible que la mujer del alcalde haga lo mismo, y descubra que su maridito se deleita en algún club de alterne.
Así que, sí, entiendo que se hayan prohibido los relojes. Comprendo y asimilo que ningún particular tenga derecho a llevarlo (figúrese, un empresario que pone cuotas a su propio mercado) y que sólo los institutos de investigación científica o algunos artistas puedan hacer uso de él. Mañana tendremos la vacuna contra esto o lo otro, o bien la certeza de que eso no se podrá conseguir. Pero lo que no tolero es que se me eche a mí la culpa de que la gente haga trampas con el tiempo. Se puede cambiar el curso del tiempo, pero no corromperlo, como sí ocurre con las conciencias de los hombres. Y ahí yo sí que no puedo hacer nada. ¿Comprende?
