—¿Ya está grabando? ¿Sí? No sé por dónde empezar.... ¿Qué digo?
—¿Por qué no comienza hablando de su padre? Luego ya decidiremos entre los dos qué publicamos y qué no.
—Claro, pero... No sé qué decir.
—Hábleme de la vida su padre, por ejemplo, ¿cuándo se casó con su madre?
—De eso hace... Unos cuarenta años... Sí, cuarenta años, porque antes de su muerte acudimos a su aniversario en la Hacienda, ese restaurante que hay en una salida de la Nacional II. ¿Lo conoce? Está cerca de Guadalajara, en la carretera que lleva a Los Santos de la Humosa. Tienen una salón acondicionado para el baile y a mi madre siempre le gustó bailar, desde pequeña. Vino mucha gente: familiares, colegas de profesión, amigos. Mi madre tocó el piano por primera vez en mucho tiempo. Figúrese que antes de casarse con mi padre, pensó incluso en hacerse profesional...
—Preferiría que nos centráramos en la figura de su padre, su trayectoria personal y profesional. Ya me entiende. ¿Cómo era antes de casarse?
—Mi padre siempre fue un prodigio en los estudios, y no tanto por su capacidad para la medicina, sino por su tesón y su manera concienzuda de profundizar en cualquier tema, tuviera que ver o no con su profesión. Esto le ocasionaba problemas frente a algunos colegas.
—¿Se sentía menospreciado?
—No, todo lo contrario. Era muy humilde, demasiado, hasta tal punto que a veces guardaba silencio ante personas menos capaces.
—Ponga un ejemplo.
—Me refiero a las situaciones en las que se habla por hablar y no se presta suficiente atención a aquello que se está diciendo. Le pondré un ejemplo, ya que me lo ha pedido: Corre el rumor de que en ciertos países árabes eructar tras la comida está considerado como un gesto de buena educación. Mi padre viajó mucho mientras estuvo en activo y visitó muchos países árabes y sabía con total certeza que eso era una estupidez.
—Ahá.
—En una reunión familiar, su cuñado y mi primo discutieron sobre esta supuesta costumbre y mi padre, aun sabiendo que se equivocaban, no dijo nada. Me miró de reojo, me sonrió y permaneció en silencio.
—¿Con sus familiares más próximos era así de reservado?
—No. Recuerdo que siempre nos concedía un amplio margen para que la mentira, el error o la inexactitud que nosotros creíamos cierta, se fuera agrandando. Si decíamos alguna sandez, nos dejaba parlotear un buen rato sobre ello, a sabiendas de que estábamos equivocados. Incluso dotaba a sus preguntas de un tono crédulo que nos afianzaba cada vez más en nuestra opinión. Nunca se precipitaba ni interrumpía la conversación, a lo sumo carraspeaba y nos miraba con interés por encima de las bifocales mientras terminábamos.
—¿Y después? ¿Les hacía ver que estaban equivocados?
—No, nada de eso. Él siempre preguntaba. Nunca nos corregía directamente.
—¿Cómo eran esas preguntas? Explíqueme eso. ¿Cómo lo hacía?
—El ejemplo de los árabes. Mi padre no hacía valer sus viajes, que hubiera sido lo más lógico, y dada la autoridad que tenía sobre nosotros nos hubiera bastado para convencernos de nuestro error. Sin embargo nos lanzaba preguntas rápidas y concretas, de manera ingenua. Muy «socráticamente», como a él le gustaba decir. Preguntaba a qué árabe habíamos visto hacer eso, o mejor, si nosotros lo habíamos hecho delante de un árabe. Su tono era en el fondo cínico. Cariñoso y paternal, sí, pero profundamente cínico. Si aun así insistíamos en que un amigo nos había contado la anécdota, aunque solo fuese por batallar un poco, mi padre nos obligaba a coger el teléfono y traer al amigo para que confirmase nuestra postura.
—Parece un poco...
—Mi padre tenía auténtica pasión por la verdad y no consentía que nadie, ni sus amigos, ni su familia más próxima se mostrara vago a la hora de hacer afirmaciones de este tipo, por pequeñas que fueran. Decía que las vaguedades, la dejadez y esa mentalidad de burócrata que da por sentadas ciertas opiniones ocasionaban la mayor parte de los desastres de nuestro tiempo.
—Si me permite que le dé mi opinión creo que traer a un amigo para desacreditar la opinión de un hijo me parece un poco excesivo.
—No me interesa su opinión. Continúe.
* * *
«Eres una falsa», «Qué vergüenza», «No tienes dignidad» rezaban los rótulos del vídeo. La niña entre tanto lloraba en un destartalado dormitorio a medio pintar y con los rodapiés levantados. Rebobinó el vídeo una vez más y trató de memorizar cada una de las palabras que le dedicaban: «Tú también tendrías que ir a la cárcel», «Te mereces lo que te está pasando». El teléfono había estado sonando durante toda la noche anterior, aunque ya no respondería: las quince últimas llamadas eran de anónimos que la insultaban y acto seguido colgaban. Se preguntaba cómo demonios había conseguido esa gente su teléfono y por qué insistían tanto. No quería desconectarlo por si acaso llamaba la madre de Raimundo o el abogado.
Desde que apareció por segunda vez en la televisión, el mundo se le había venido encima. Su nombre había sido incluso pronunciado por varias parlamentarias en las últimas sesiones del Congreso. Ella, que no había ido a votar tan siquiera una vez, era tema de conversación no sólo entre las vecinas y los tertulianos de todos programas del corazón del país, sino incluso entre diputados. El abogado le había dicho que no se preocupase, que las amenazas de muerte nunca llegaban a nada, que se trataba de ciudadanos completamente normales que se dejaban llevar por la ira y que una vez dejara de ser noticia, los periodistas desaparecerían y todo volvería a la normalidad. La palabra “normalidad” fue la que hizo saltar todos sus mecanismos de defensa: “volver a la normalidad” suponía que existía un estado de tranquilidad y de sosiego anterior a esta situación que estaba viviendo, y Carlota sabía que lo único que había cambiado en todo este tiempo era que su vida junto a Raimundo había pasado de lo privado a lo público. Entre tanto, el abogado le advirtió que era conveniente que siguiera acudiendo a los programas del corazón para dar su versión de los hechos y que no se preocupara demasiado por las reacciones. Estaba siendo azuzada contra los medios, contra Raimundo, contra su hija y contra sí misma. La semana pasada, justo después de salir del plató no pudo más y se derrumbó de camino a urgencias. Una crisis de ansiedad. Mucha gente en la sala de espera la reconoció, pero no dijeron nada aunque el mutismo por decoro no la libró de las miradas de sospecha. Por fortuna, esa noche su suegra estaba en casa para encargarse de la niña, así que no tuvo que preocuparse por ella. El doctor la examinó y le recetó pastillas para dormir aunque la invitó a hacer algunos cambios en su vida. También la había reconocido.
Estaba segura de que la mayoría de los mensajes que se enviaban al programa eran censurados y los que se mostraban por pantalla eran los más leves en contenido, sin embargo, nadie la libraba de las llamadas de teléfono a las tantas de la mañana, ni le quitaba de la cabeza la imagen de una familia vociferando su nombre ante el televisor. “Zorra", "Tenía que haberte matado", voces de hombres, voces de mujeres que la insultaban después de tratar de defender a su novio en un programa de televisión.
Paró la grabación, se echó la manta encima y fue a ver a la niña. La sentó en la mesa de la cocina y quiso prepararle algo de cenar, pero no encontró leche con qué preparar la papilla en toda la casa. “Si al menos comiera bien”, pensó. Dudó si debía bajar a hacer algunas compras. Cuando se asomó a la ventana vio el revuelo de periodistas y furgonetas que había acampado en el portal del edificio, en mayor o menor número, desde hacía dos semanas. Devolvió a la niña a su habitación, salió de casa y llamó a la puerta de la vecina.
Tras unos instantes en los que sintió cómo el descansillo entero se quedaba en silencio, escuchó a la vecina arrastrar los pies detrás de la puerta blindada y cómo se asomaba con cautela por la mirilla sin decir nada. Ninguna respuesta. Tocó el timbre frenéticamente, no porque pensara que eso iba a amedrentar a su compañera de escalera, sino por hacerle notar la rabia y la impotencia que la invadía por no poder pedir un vaso de leche. Se dirigió de vuelta a su piso y observó de nuevo la diana que algún gamberro o algún vecino había pintado en la puerta de la calle. Acto seguido, echó el pestillo y siguió buscando por los cajones del piso hasta que encontró una lata de fruta en almíbar.
*
* *
—Ha mencionado antes que su padre era cariñoso, pero también cínico. ¿A qué se refería exactamente?
—Ya se lo he explicado. En ocasiones era muy estricto con nuestra educación.
—¿Está usted hablando de castigos físicos?
—No, no, yo no he insinuado eso. Mi padre era un ser pacífico. He dicho estricto en el sentido en que nos exigía a nosotros lo mismo que se exigía para él. Un comportamiento lúcido y ejemplar. Era, eso sí, riguroso.
—¿Nunca le dio un azote?
—Nunca.
—¿Y a su hermano?
—No.
—¿Y a su madre?
—Le acabo de decir que mi padre nunca nos maltrató físicamente. ¿Cuántas veces se lo tengo que repetir?
—Es necesario aclarar estos asuntos. Usted lo sabe, está acostumbrado. Hay que tener cierta cautela.
—No estoy acostumbrado a que insinúen que mi padre es un maltratador.
—Cambiemos de tema. Hábleme de la trayectoria de su padre como investigador. Tengo entendido que era una eminencia en su campo.
—En efecto. Sin embargo, él siempre nos recordaba que todo se lo debía a sus profesores. Durante los ochenta tuvo como colega a Robert Furchgott en la State University of New York Downstate Medical Center.
—¿Qué edad tenía por aquel entonces?
—Alrededor de cuarenta.
—Luego usted vivió en Nueva York una buena parte de su infancia.
—No. Mi madre y mis hermanos nos quedamos en España durante el tiempo que mi padre estuvo trabajando en Estados Unidos.
—Disculpe, voy a cambiar la cinta. Está a punto de acabarse.
—No hay ningún problema. ¿Puedo pedirle a mi mujer que nos sirva un café entre tanto?
—Por supuesto.
—¿Cómo lo quiere?
—Sólo. Sin azúcar, por favor.
—Un momento.
*
* *
—Sé que estás en un apuro, yo también veo la televisión ¿sabes? Pero creo que lo mejor que puedes hacer es alejarte del asunto de Raimundo por un tiempo. Si necesitas dinero, me lo dices y ya me buscaré la vida.
Carlota se había decidido de una vez contestar a una llamada de teléfono.
—Estás haciendo el ridículo. Si quiero pasarme a tu casa, me siento acosado. El otro día se presentó un periodista en mi casa, ¡en mi casa!, a preguntarme qué relación tenía con Raimundo o contigo. ¡No te jode! Lo eché a patadas. Menudo hijo de puta, dijo que me llevaría a juicio. No quiero responsabilizarte de este tipo de cosas, pero tienes que entender que tú has montado este embrollo y ahora la mierda nos está salpicando a todos, Carlota.
—No sé...
—"No sé", "no sé". No parecías tan mosquita muerta por televisión. Bueno, en fin, dime... ¿Y te sueltan mucha gallina? No es que me interese, pero vamos, que por algo lo harás.
—Lo suficiente para tirar un tiempo. Pero muy justo para pagar al abogado —dijo.
—Anda, eso sí que es una novedad. Con la publicidad que le están dando a la historia, supuse que cualquier hijoputa se apuntaría al carro de gratis.
—Pues no.
—No me gusta vuestro abogado. Tiene pinta de canalla.
—Solo hablamos del tema del dinero. Dice que siga yendo a los programas, que eso es bueno. Que se hable del asunto por todas partes.
—No creo que sea para tanto. No sois tan importantes.
—Carlos, espera, están llamando a la puerta.
—Ve, anda.
—No cuelgues.
—No.
Carlota miró por la rejilla. Se trataba de la vecina. Dudó si debía abrir.
—¿Has visto la guarrería que te han hecho en la puerta? —exclamó la vecina nada más entrar en la casa.
—Sí, sí... —respondió Carlota, bajando la mirada. Recordó que la vecina a la que ahora invitaba a entrar en su hogar se había negado hace unos minutos a abrirle la puerta. Pensó que quizá esta era su manera de mostrar arrepentimiento.
—¿Qué tal va la peque?
—Teresa, ¿le importa si me espera un momento en el salón? Tengo a alguien en el teléfono y es importante.
—Claro, claro. Voy a ver a tu hija. Me parece que nos ha oído hablar y está llorando.
La chica volvió al teléfono.
—¿Quién era?
—La vecina.
—¿Por qué la dejas entrar?
—No sé...
—Otra vez con el no sé. Eres la hostia.
—Oye, te tengo que dejar.
—Eh, eh, espera. ¿Cuándo me puedo pasar? Quiero decir, ¿cuándo se irán los periodistas?
—No lo sé, espero que en unos días.
—Vas a volver a la televisión, ¿no?
—Sí.
—Te pagan bien, ¿eh? Di la verdad.
—Sí, no...
—¿Quieres que vaya ahora? A ver a Lucía y todo eso...
—No, estoy… Estamos bien.
—Y a follarte un poco.
—...
—Solo un poquito.
—Anda, no seas tonto, que está aquí la vecina.
—Me la follo a ella también. Verás que bien nos lo pasamos.
—Qué idiota eres, Carlos
—Al menos te he hecho reír. Tenme al tanto de cómo va todo, ¿vale?
—Sí, adiós.
—Adiós.
* * *
—¿Visitaba usted a su padre con frecuencia?
—En realidad, era él el que venía a casa. Una o dos veces al año.
—¿Cómo lo encontraba en sus visitas?
—Como un padre que no ve a sus hijos después de varios meses.
—¿Qué opinaba su madre de todo el asunto?
—No le gustaba que mi padre estuviera tanto tiempo en el extranjero. No obstante, entendía que su profesión adolecía de estas contrapartidas.
—¿Cómo era la relación entre su padre y su madre?
—Cordial, sin más. Había ciertos momentos de tensión, como en todas las parejas. A veces me daba la impresión de que se trataba de colegas más que de amantes.
—¿Por qué pensaba eso?
—Apenas se dirigían palabras cariñosas. Se hablaban como compañeros de facultad, como simples conocidos. Nunca les vimos besarse en público, incluso cuando asistían a alguna celebración con los compañeros de trabajo de mi padre. Mi padre siempre exhortaba a mi madre para que fuese lo más discreta posible. Consideraba estas reuniones como un mal necesario pero indispensable para su carrera. Nosotros lo comprendíamos y obedecíamos.
—¿Asistían ustedes a esas comidas?
—No. Le molestaba el ruido y el alboroto que provocaban los otros críos y no quería que nosotros fuésemos como los demás. Contrataba a una canguro y nos dejaba en casa.
* * *
—¿Sólo tienes esto para dar de comer a la niña? —preguntó la vecina mirando la lata de fruta en almíbar.
Carlota no respondió.
—¿Carlota? ¿Cariño?
—Perdone, estoy un poco despistada. ¿Qué decía? La lata, ah sí… No, no he podido bajar a comprar nada. Los periodistas son un incordio, ¿sabe?
La vecina devolvió la niña a la cuna.
—No tendrá usted un poco de leche, ¿verdad? —aventuró.
La vecina dudó. Carlota trataba de averiguar hasta qué punto podía contar con la colaboración de la mujer.
—Ahora mismo voy a mirar —si dirigió hacia el pasillo pero se detuvo en la puerta —. Oye, Carlota, no me gusta meterme donde no me llaman. Y sabes que puedes contar conmigo para todo.
—Gracias, señora Teresa.
—Lo digo porque hay algunos vecinos que están molestos por la situación. Quieren saber cuándo va a acabar.
—No lo sé —dijo, mientras se derrumbaba sobre el sofá.
—¿De verdad le pegó? —lanzó repentinamente la vecina.
La pregunta la irritó sobremanera. Comprendió que la amabilidad de la vecina era una burda pátina para la curiosidad.
—Teresa, si le doy algún dinero, ¿me traería algo de comida para la niña? —contestó, al fin.
—Sí, claro, hija, para eso estamos.
Cuando estaba a punto de salir, Carlota la interrumpió.
—No, no le pegó. Al menos no como dicen en la tele. Habíamos discutido y estaba caliente, eso es todo. Yo me sé cómo es Raimundo. No aguanta a los metomentodo. Se calentó, estaba nervioso y le empujó. El hombre ya estaba mayor.
* * *
—¿Y su hermano? Se dice que su padre no se habla con él.
—Mi hermano… Es una persona muy especial y con un carácter muy difícil. Mi padre y él siempre chocaban.
—Sin embargo, también es médico…
—Sí, y uno de los mejores, por cierto.
—¿Por qué no se hablaba con su padre?
—Ambos son testarudos. Y hay cierta envidia profesional.
—¿Cuánto tiempo llevaban sin hablarse?
—¿Todo esto se publicará en el reportaje?
—No, si usted me lo pide.
—Le pido que no lo publique.
—De acuerdo.
—…
—¿Mucho tiempo?
—Casi tres años. Una disputa estúpida, una Nochevieja. Tanto mi padre como mi hermano habían bebido más champán de la cuenta y comenzaron a discutir sobre opiniones médicas. Pronto las cosas se torcieron.
—¿Cuál era el problema?
—Mi padre acusaba a mi hermano de no poner todas sus energías para lanzar su carrera; y mi hermano… Bueno…
—¿Sí?
—Mi hermano se portó mal en esa ocasión.
—¿Qué le dijo a su padre?
—Que bebía y que nunca se había ocupado de nosotros.
—¿Y era cierto? ¿Usted también pensaba así? ¿Que se sentían abandonados?
—En absoluto. Siempre nos sentimos muy queridos. No miento si digo que hablo por toda mi familia, a pesar de lo que mi hermano pudiera decir.
—¿Tenía su padre problemas con el alcohol?
—Es cierto que mi padre bebía en sociedad, pero siempre dentro de la moderación.
—¿Nunca tuvo ningún percance con, digamos, sus colegas o con su familia?
—No, pero en casa sabíamos que no le hacía ningún bien. Sin embargo, eso es un asunto que ni a usted ni a sus lectores le incumbe, así que prefiero no seguir con ello.
—Una última pregunta. ¿Estaba su padre borracho cuando le golpeó Raimundo Sanz?
—No.
* * *
—Quizá pegarle no fue una buena idea.
—Estábamos en el camping. Habíamos discutido, ya sabe, después de comer, como discuten todas las parejas... Por una tontería.
—Claro, claro —dijo la vecina, azorada, porque sabía de buena tinta que las peleas entre la pareja se escuchaban en toda la escalera —. Es normal, ¡sois tan jóvenes!
Carlota tomó aire. El debate acerca de lo ocurrido discurría cansinamente en la televisión. Aparecieron imágenes en directo de su barrio. Verificó con una mirada fugaz que había echado todas las cortinas y que había bajado todas las persianas. La vecina notó el nerviosismo de la joven.
—Deberíais pensar un poco más en vuestra hija. Sobre todo tú... Imagina qué dirá cuando se haga mayor.
—Mire, no me venga con monsergas, señora Teresa... —dijo Carlota, conteniendo la ira.
—Hija, yo no pretendía entrometerme.
—Ya tenemos bastantes problemas tratando de apartar a Lucía de todo esto. El otro día el abogado me pidió que saliera de casa a pasear con ella... Estoy tan harta...
—Si quieres puedo llevarla yo a pasear... Yo saco al perro por las tardes y no me importaría que se viniese al parque.
—No quiero causar más molestias. Usted tiene otros asuntos de qué ocuparse —reflexionó. Luego explotó —Y por otra parte ¡qué se ha creído! Esto a usted ni le va ni le viene.
—Somos vecinas, y las vecinas tienen que echarse una mano.
Carlota miró con desconfianza a Teresa. La última frase había sonado tremendamente hueca, como si la hubiera pronunciado un mal presentador.
* * *
—Lo que no entiendo es por qué individuos como este tal Raimundo andan sueltos por el mundo. Deberían estar encerrados. ¿Sabe lo que le dijo a mi padre antes de golpearle hasta la muerte? ¿Sabe lo que le dijo? Que era una mierda. Eso no lo publican los medios. Que era una mierda. Publique eso, que lo sepan todos. Y ahora aparece el leguleyo de la novia, que más que una mujer se me asemeja a una alimaña y dice que hay atenuantes como para rebajar la condena. Permítame que se lo explique. Mi padre era una eminencia en su campo. Este individuo y su mujer ¿qué son? Él es un pobre chalado drogadicto al que un día se le cruzó mi padre, pero podría haber sido cualquier. Es un enfermo. Un cáncer. Es un tipo que merece acabar sus días en la cárcel.
—¿Qué opina de la novia?
—Siento pena por ella. ¿Nadie se da cuenta de lo que está haciendo? Se saca algunos euros de un programa a otro, y todo esto a costa de la muerte de mi padre y de la cárcel de su novio. Me repugnan las mujeres así. Sé lo que algunos pueden pensar, qué ella es en realidad una víctima y que quizá no se merezca esto. Pero atiéndame un momento. La pregunta es: ¿nos merecemos acaso nosotros lo que nos está pasando? Ella aparece en televisión, todo el mundo habla de ella y cuando esto acabe ella tendrá un buen dinero y nosotros, nosotros...
—Si necesita que paremos...
—Nosotros, ¿qué? Seguimos con nuestro padre muerto. Es absurdo.
*
* *
Carlota
abrió con los dedos la cortina y comprobó que los periodistas
seguían allí. Al menos había conseguido que su vecina la dejara en
paz y accediera a traerle un sobre de papilla para la niña.
Aprovechó para arreglar un poco la casa, pensó en planchar, barrer,
acondicionar un poco el salón, con aspecto mohíno desde que comenzó
todo el proceso. Recordó la voz de Carlos al otro lado del teléfono
y se sonrió. Sonreír la confundió: hacía mucho tiempo que no
sentía algo que se pareciera a la alegría en casa. También pensó
en Raimundo y lo imaginó caminando entre los pasillos de la cárcel,
con pies y manos atadas a cadenas y embutido en un mono de color
naranja, aunque luego imaginó que esa imagen era más propia de los
condenados a muerte de las películas americanas que de la cárcel
real.
Se
escuchó un revuelo en el portal, pero Carlota no le prestó mayor
atención. Se acercó hasta la habitación de la cría y la tomó en
brazos. No lograría dormirse con todo el ajetreo que había tenido
durante el día. Sin dejarla por un instante, revisó algunos de los
papeles que le había pasado el abogado en relación con sus
apariciones en los medios, así como notas acerca del juicio en la
que declararía como testigo. A pesar de todo, no se llegaba a
sentirse del todo inocente. El revuelo en el exterior fue creciendo,
así que se asomó a la ventana. Comprobó que los focos de algunas
cámaras se dirigían hacia la altura del piso donde ella vivía, los
otros se arremolinaban en torno a una figura pequeña que se agitaba
en el portal. Encendió el televisor con tanta celeridad y nervio que
el mando se le cayó de las manos. En la pantalla salió la imagen de
la vecina, charlando tranquilamente con los periodistas. El sonido
del aparato estaba silenciado, pero los mensajes se sucedían. El
rótulo del programa urgía una noticia bomba: declaraciones acerca
de cómo vivían Carlota y su hija en el piso de los suburbios. No le
faltó continuar. Carlota echó el pestillo de la puerta de la calle,
hizo algunos arrumacos a su hija y finalmente la llevó a dormir a su
cama.
