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UN DÍA SOLEADO EN KÖNIGSBERG




1 Al finalizar este relato, el protagonista —es decir, usted —muere. Con toda seguridad creerá que en alguno de los puntos se le va a dar una o varias oportunidades de salvar el pellejo. No se haga ilusiones, todo está dispuesto para que al final usted muera. La historia comienza en el punto 1, este. Se está planteando la situación inicial del protagonista, que es usted. Usted vive en Königsberg. Es un día de sol. Al final del punto 1 hay escritos una, dos o varias cifras que le indicarán qué camino puede tomar. Así, si encuentra un 29, un 3 o un 26, querrá decir que puede tomar el hilo que le conduce al punto 29, al 3 o al 26 del relato. No habrá pistas ni motivos acerca de por qué debe leer en un orden u otro (¿qué sentido tendría, ante lo inevitable de la eternidad?).












2 El resto de la semana lo pasa usted tratando de arreglar algunos asuntos pendientes. Una noche, cuando usted ya estaba durmiendo, golpean con violencia en su puerta. Abre y uno de los sicarios le exhorta a acompañarle. Un coche le está esperando en su portal. Se viste y baja.











 
3 Agradece pasar su jornada laboral rodeado de penumbras y de sus libros de Faulkner. Recuerda que el propio Faulkner escribió muchas de sus obras mientras trabajaba por las noches y es por ello que usted empieza a pensar si quizá debería aprovechar estos tiempos muertos para escribir una novela, aunque no sabe muy bien por dónde empezar.










 
4 Son las ocho de la tarde y se acaba de despertar. Nada más levantarse y desperezarse, se prepara un té con tostadas y mientras lo bebe a pequeños sorbos y contempla la calle a través de la ventana de su apartamento, llaman a la puerta. Se trata de una notificación de carácter urgente para que abone de inmediato la cantidad de la pensión de su hija que no ha abonado en el juzgado de Königsberg desde hace tres meses. La reclamación la hace su mujer a través de su asesor. Se pregunta, furibundo, cómo su mujer no es consciente de las dificultades económicas por las que está pasando en estos momentos. Deja las tostadas sobre la mesa y se apresura a bajar al cajero del banco que se encuentra al otro lado de la calle, justo en una esquina de la fábrica donde trabaja.
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5 Lleva varias semanas, quizás meses esperando una llamada. Por fin suena el teléfono como una salvación, y al otro lado una voz familiar le pregunta si está interesado en ganar algún dinero. Por supuesto, dice que sí, sin preguntar siquiera en qué consiste el trabajo. La voz al otro lado del teléfono le dice que ya le llamará y cuelga.
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6 Duda por un momento, se detiene y piensa en llamar por teléfono, ¿a quién?Antes de que se dé cuenta, escucha que un murmullo que va creciendo hacia el lugar donde está. Las voces parecen violentas y suspicaces.
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7 Se esconde entonces detrás de una puerta. El guardia jurado parece alarmado,da dos pasos hacia la posición en la que se encuentra y, de repente, le suena el celular. Los matones se inquietan y comienzan a correr hacia usted. El guarda jurado y usted se miran un momento, y se vuelven hacia caminos distintos.
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8 Toma el teléfono y piensa en dar el aviso, aunque duda por un instante: ¿qué podría decir? ¿Que ha escuchado unos ruidos? La idea le parece ridícula.
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9 Al cruzar Königsberg, en la antigua Prusia, hoy Kaliningrado, el río Pregel se divide en dos vertientes. Las orillas, incluidas las dos islas que forman las aguas, están unidas entre sí por puentes y forman un dibujo que en matemáticas se conoce como grafo. Si tomamos cada punto en tierra como un nodo, y después unimos todos los nodos, se dibuja lo que se llama un grafo con Ciclos Eulerianos. La particularidad de este grafo (completo, puesto que todos los nodos están unidos a todos los demás) es que no puede ser recorrido de un solo trazo. Esto lo demostró Leonard Euler, un matemático del siglo XVIII de quien decían “Lean a Euler, lean a Euler, él es el maestro de todos nosotros”.
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10 Aunque el miedo le atenaza los nervios, se dirige raudo hacia el origen de los ruidos. Sujeta con fuerza la pistola que le proporcionaron y que apenas sabe utilizar, y se ajusta el gorro a imitación de un tricornio para infundirse a sí mismo algo más de seguridad. Ahora envidia la suerte de los seguratas que patrullan los trenes, algunas veces acompañados de un can al que azuzar en caso de peligro. A mitad de camino vacila entre continuar o volver a su puesto y esperar. Decide que prefiere comprobar con sus propios ojos de que no se trata de una falsa alarma. Acelera el paso y un nuevo alarido irrumpe en la quietud del lugar.
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11 El vigilante se lanza contra el grupo, no se ha dado cuenta de que usted está armado. Con muy poca sangre fría, levanta el arma y cuando se halla lo suficientemente cerca dispara varias veces. El vigilante jurado cae apenas a dos metros de usted. Los mafiosos se acercan hasta el pobre diablo y le acribillan en el suelo. Después le increpan con acritud por haber disparado y recogen al prisionero, que introducen en la furgoneta en la que lo han traído. Usted monta con ellos y le dejan en la puerta de su casa.
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12 Espera junto al aparato durante varias semanas, sin contestación. No quiere forzar las cosas así que se abstiene de devolver la llamada. La angustia por saber qué ha pasado, por qué se ha venido todo abajo en un momento, le atormenta. Al mismo tiempo es consciente de que llamando solo dará la impresión de estar desesperado, y eso podría empeorar las cosas.
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13 Y al final usted muere.










 
14 Justo después de retirar el dinero dentro de la oficina, nota la punta de un cuchillo contra su yugular. Una voz trémula le amenaza con cortarle el cuello si no le da todo lo que lleve encima. La hoja se hunde un poco más en la camisa y usted siente un escalofrío.
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15 A la mañana siguiente, no acude, como es lógico, a su puesto. Una vez que asume que ha perdido su trabajo, decide poner todo su empeño en obtener uno nuevo, antes de ser “oficialmente” despedido del anterior. Abre el periódico y en la sección de sucesos se sorprende al ver una foto a cuatro columnas de la misma fábrica donde estuvo trabajando.
Se encuentra el cadáver de un varón de unos 28 años maniatado y con un tiro en la cabeza.
Usted trata de tragar saliva, pero la sensación de culpa es demasiado grande.
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16 Entre los numerosos anuncios que abundan en el periódico le llama la atención uno en el que solicitan personas dispuestas a trabajar por la noche. No indican nada más, salvo el número de teléfono al que llamar. A usted nunca le atormentaron las historias de mafias que contrataban personas para hacer trabajos sucios a través de discretos anuncios en los diarios, así que se decide a marcar el número y, en efecto, tras tomar unas medidas de seguridad ridículas se da cuenta de lo necesitado que está de un empleo.
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17 El atracador le da la vuelta, le empuja contra la pared y usted descubre que se trata de un adulto que le increpa con acento extranjero. Tras examinar su cartera y los pocos billetes que contiene, lanza algunas maldiciones en su lengua y agita la navaja frente a su cara. “Poco dinero, ¿eh?”, le espeta. Uste contesta que lo siente mucho, que no tiene más y que ese dinero no es para usted mismo, sino para su mujer. El atracador reflexiona y usted aprovecha para estudiar una posible escapatoria. Cuando cree encontrar las agallas para zafarse del tipo, aparece un coche y le suben a toda urgencia a él. Le explican, sin dejar de amenazarle, que puesto que necesita dinero, trabajará para ellos. Lo quiera o no.
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18 Una vez en la carretera, le proporcionan un arma y un traje de vigilante jurado que es obligado a ponerse. Usted no protesta, porque quizá sea la idea más peligrosa de todas. Penetran en una factoría a las afueras de la ciudad. Los mafiosos entran sin ninguna precaución y esperan durante una hora.Llega una furgoneta. Le dicen que no tiene por qué preocuparse por su labor allí, que usted solo realizará labores de vigilancia.
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19 Finalmente se decide a marcar y narra casi a trompicones que hay alguien en el edificio y que no sabe qué hacer.
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20 En un arranque de arrojo o de estupidez decide empuñar su pistola y correr hacia ellos. Hay en su precipitación un elemento que no ha tenido en cuenta: el número y el poder de los que se enfrenta. Cuando se percata de este importante detalle, lleva recorrido medio camino de la muerte. Los delincuentes le miran extrañados, como si usted estuviera a quince kilómetros de distancia y llevara plomo en los zapatos. Incluso el torturado, disuelto en heridas y sangre, se sorprende al verle enfundado en su traje de vigilante jurado.
Sigue corriendo al tiempo que empiezan a pasarle imágenes por la cabeza sobre el libro que pensaba escribir sobre Faulkner. Uno de los malhechores se lleva la mano a la chaqueta, desenfunda una Beretta y le apunta. Aunque esquiva el primer tiro arrojándose al suelo, dos o tres esbirros se acercan hasta donde ha caído y le encañonan. Es capaz de oír el ruido del percutor explosionando la bala y puede sentir cómo ésta rasga la piel del cráneo y levanta algunas esquirlas en el hueso. No puede moverse, pero puede ver cómo los mafiosos se alejan de su cuerpo y continúan torturando al pobre infeliz que usted pretendía salvar. Comienza a perder visión.
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21 Le dan indicaciones para que salga y vigile. Usted obedece y se aleja, aunque está muerto de miedo.
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22 La escena que se levanta ante sus ojos —un grupo de corpulentos matones golpeando con todo tipo de objetos puntiagudos a un joven que yace sanguinolento en el suelo —le hacen recordar por un instante las numerosas ocasiones en las que leyó con fruición las noticias de sucesos en el periódico, como si aquellas palizas, ajustes de cuentas, lecciones de humildad fuesen la materia imaginaria de películas de serie B o novelas policíacas. Permanece durante un instante oculto tras el marco de la puerta, contiene la respiración como si pensara que un solo vahído podría delatar su presencia.
El joven murmura algunas palabras en una lengua que usted no entiende y los matones se encolerizan.
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23 Pasa varios días encerrado en casa, sin saber muy bien qué hacer,muerto de miedo ysolo. De repente, un día comienza a sentirse deprimido. Es una sensación que conoce bien, casi podría decirse que es un experto en depresiones. El pecho le aprisiona y le impide respirar. Desea golpearse en el esternón, desea abrirse en canal y que el aire corra entre sus entrañas pero no puede. Al cabo de un tiempo ni siquiera responde a las llamadas de teléfono, por temor a quién sea, a quien pueda acelerar los sentimientos de culpa.
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24 Decide que ya no le basta con la caridad de otras personas. Ya está harto de buscar, de pensar que va a ocurrir algo, de cargar con tantas culpas. Coge su cinturón y lo ata a un travesaño en la cocina.
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25 Su trabajo es sencillo, y sus nuevos jefes no quieren que sepa nada más que lo imprescindible. Le llamarán en cualquier momento de la noche y usted deberá acompañarlos hasta el lugar que ellos le indiquen. Entre tanto, usted recibirá dinero (en un sobre de color marrón) que le servirá para pagar las molestias. En todo caso, le advierten que es fundamental no tratar de tomarles el pelo con este asunto, en caso contrario recibirá usted dos tiros en las rodillas. O quizá en la nuca.
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26 Inmanuel Kant, natural de Königsberg no viajó más allá de 150 kilómetros de su ciudad natal. En 1749 envió una carta a Leonard Euler, pero jamás recibió contestación. Kant murió sin tener noticia de Euler salvo por sus libros y teorías, que no fueron pocas.
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27 La otra voz le dice que actúe mientras llegan los refuerzos.
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28 El saldo no es esperanzador. Apenas le llega para devolverle la paga a la niña y aun así no alcanzaría para comprar el pan. Debe buscar un nuevo sueldo de inmediato y rezar porque su mujer sea lo bastante comprensiva como para entender su situación apurada y extender su confianza dos o tres semanas más.
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29 Ahora hace cosa de una semana que recibió una llamada de la agente de la E.T.T. que empieza a frecuentar con asiduidad. La agente, una mujer que no conoce en persona pero que se le antoja de cierta edad, con el pelo cano y rizado y gafas puntiagudas, le ofrece un nuevo trabajo de vigilante jurado en una de las tantas fábricas a las afueras de la ciudad donde vive. Su función o el motivo por el que le pagarán su sueldo, allí, en los extrarradios, será la de permanecer todo el tiempo de su jornada atento a cualquier evento, expectante ante cualquier emergencia y, llegados al caso, llamar a la central de vigilancia para que envíen refuerzos. A usted nunca le gustaron los trabajos donde uno se limita a esperar que pase algo, y donde casi nunca pasa nada. Piensa que si alguna vez pasa algo es porque ya ha pasado antes. Pero no piensa demasiado en ello, porque se marea.
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30 El atracador le arrebata todo el dinero y se marcha a toda prisa. A usted no le quedan más que unas monedas y una expresión entre indignada y cobardica. Se resigna a poner una denuncia en la comisaría y cuando vuelve pasa por el quiosco de su barrio.
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31 Al llegar a la factoría (poblada de ambulancias, coches oficiales, policías, etcétera) trata de encontrar a alguien que le explique la historia. No entiende si acude con la esperanza de aclarar lo ocurrido, de aportar alguna prueba o de recuperar su trabajo. A su llegada, un policía le escruta con ojos pequeños como alfileres y le pregunta que qué hace allí. Le toma declaración y le deja libre, usted le hace creer que apenas pudo oír nada de lo que pasaba en la fábrica.
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32 Aunque asustado, echa a correr y no se detiene en su huida. Sabe que le persiguen, o al menos así quiere creerlo, al menos para no quedar como un ser patético que escapa de un peligro que quizá no exista. Nota como las gotas de sudor le empapan la camisa, el pelo se le alborota y está a punto de tropezar con la puerta del lugar. Una vez fuera, coge aliento para un último sprint y se pierde campo a través.
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33 Fatigado por el calor, harto por la pesadilla que se le avecina, utiliza el poco dinero que le queda para comprar un periódico de anuncios. Sube a su casa y comienza a ojearlo.
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34 La voz al otro lado del teléfono, cuando por fin llaman, es la de su ex—mujer quiencansada de que no le pase la pensión de su hija, amenaza con desplumarle hasta del último céntimo que no tiene. La última oración que sale de una boca que tantas veces le dijo te quiero, una boca que besó y dibujó corazones en la cama es, en esta ocasión: "te llevaré a juicio, cabrón”.
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35 Sueña con las cataratas de Iguazú, con los jardines de Babilonia, pero detesta la idea del escritor que escribe de lo que no conoce. Nunca escribió nada serio y eso que en los cursos de escritura creativa a los que ha ido asistiendo en sus periodos de desempleo algunos de sus cuentos eran aplaudidos por el resto de sus compañeros y tolerados por los profesores. Un comienzo arrebatador, un desarrollo explosivo y un final lógico, todo ello combinado con una manera, una sintaxis y una semántica personal. Mas ¿cuál es la manera más personal? Toma una hoja y reflexiona. Podría escribir una historia sobre un pobre diablo que pasa las horas muertas en su nuevo empleo en una nave industrial. Chupa la punta del bolígrafo y comienza por el título: Un día soleado en Königsberg. Se detiene un momento, levanta la vista hacia la oscuridad y comienza a escribir.
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36 La súbita llamada de su agente de la E.T.T. le hace darse cuenta de la increíble suerte que en ocasiones puede disfrutar. Tanto la agente de la E.T.T., a quien no conoce, como usted saben que usted no es lo que se dice diligente con sus empleos. Ha perdido demasiados y por circunstancias más bien infantiles. A veces piensa de sí mismo que es un inconformista, pero en el fondo de su conciencia sabe que en realidad no quiere enfrentarse a los problemas de la vida. En estos tiempos en los que las mayores responsabilidades son exigidas para trabajos nimios, la aparición de este puesto de trabajo, tan similar y poco apetecible como todos los anteriores, es casi providencial para salvarle de una crisis económica y personal que amenaza con destruirle como persona de una vez por todas.
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37 De la furgoneta sacan a una persona envuelta en un saco. Los criminales comienzan a golpear y a gritar en su idioma al prisionero. Usted no se atreve a girar la cabeza. Oye un ruido en la puerta, pero no se mueve. Sospecha. Vislumbra una silueta al final del pasillo: parece tratarse del vigilante del lugar, que duda entre dar la alarma o intervenir en la escena. La misma duda le asalta a usted.
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38 El teléfono móvil comienza a sonarle en el bolsillo del pantalón justo cuando está a punto de llegar. Ante el ruido de carreras que se dirigen hacia usted y que se escucha al otro lado de la sala, da media vuelta y decide emprender la huída cuanto antes.
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39 No considera que le paguen suficiente como para jugarse el tipo por un trabajo, así que se prepara para escapar.
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40 Tras varias horas sumergido en la soledad de la noche, solo el tintineo constante de las cadenas de la maquinaria y el estertor de alguna válvula reguladora le acompaña. Encuentra algo de calma escuchando una vieja radio que se ha encontrado en un despacho y cantando en voz baja. No es el trabajo que usted había soñado, pero al menos le proporcionará un dinero que le arreglará la vida durante un mes más. Deja de cantar por un momento y oye lo que parece ser el grito ahogado de una persona, justo en el almacén que usted vigila.
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